Correctores de textos: un oficio tan antiguo como escribir

La figura del corrector de textos es casi tan vieja como la existencia de escritores y, desde luego, más antigua que la imprenta, porque los copistas y los amanuenses también se equivocaban (mucho, de hecho, y sus errores pasaban de una copia a otra). Según un estudio publicado en la revista Science, muchas de las variaciones ortográficas actuales se deben, precisamente, a esos errores de transcripción. Sin ellos, por ejemplo, no existirían los Sanz, Sáinz, Sáiz, Sáenz, Sáez…

En la época romana, esa labor se encargaba a esclavos instruidos que, si conseguían fama y renombre, podían incluso ganar su libertad en el mejor de los casos. Uno de los más conocidos fue Marco Tulio Tirón, esclavo liberto y secretario del filósofo Cicerón. Inventó el primer sistema de taquigrafía del que se tiene constancia y corregía los trabajos de los copistas y los textos de su señor, además de organizar su archivo.

El temor a la aparición de las erratas hizo que en la Edad Media los escribas excusaran su presencia en los textos mediante la acción de un demonio, Titivillus o Tutivillus, que buscaba hacer caer a los hombres en el pecado por encargo de Satanás.

Los monjes escribas y el scriptorium

Esta miniatura del siglo XV de Jean Miélot representa al propio autor trabajando.
Wikimedia Commons

Dentro de los scriptoria el trabajo se organizaba bajo las órdenes de un jefe de calígrafos: unos preparaban el pergamino y las tintas, otros copiaban el texto, otros lo corregían y otros lo decoraban.

Era fácil que hubiera errores. El amanuense no tenía por qué ser experto en la lengua de la que tomaba el texto y cambiaba letras, signos… En los días preimprenta, cuando se dependía de copias a mano, lo más importante era garantizar que el texto que se reproducía era idéntico al original. Por eso, un ojo experto revisaba a conciencia cada línea y marcaba la enmienda correspondiente con algunas letras griegas combinadas con otros trazos, simples y fáciles de ejecutar, lo que actualmente conocemos como signos y llamadas del corrector. Pero no dejaba de ser un oficio con pocos practicantes. El libro era un bien de gran valor y limitado, por tanto, a las clases más pudientes y al estudio.

El scriptorium del monasterio de San Millán de la Cogolla (La Rioja).

De la copia a mano a la imprenta

Con la llegada de la imprenta, la necesidad de contar con un corrector que revisara los posibles fallos a la hora de montar los chibaletes (el armazón de madera donde se colocan las cajas que, posteriormente, contendrán los tipos) se extendió. Al final de su trabajo adjuntaban una lista de las modificaciones, una fe de erratas, que servía para certificar la veracidad del escrito respecto a otras posibles copias no legales (sí, ya había piratería en aquellos siglos).

Según María Isabel de Páiz, del Instituto de Estudios Medievales y Renacentistas de la Universidad de Salamanca, en su artículo La corrección editorial en la imprenta incunable castellana, los correctores de la época, además, «tomaban prestadas las fórmulas de los notarios, profesionales autorizados que elaboraban y preservaban los documentos oficiales […]. Se identifica el número de hoja: primera hoja, segunda hoja, etc., pero no recto y vuelto de la misma. La nomenclatura de la corrección recoge el arcaizante «o diz» (donde dice); «escripto sobre raído» (raspado y escrito por encima, en el propio renglón, imitando la letra de molde); «va testado o diz» (va tachado donde dice); «va escrito encabo de reglones» (va escrito al final de los renglones)», entre otras. La formulación más temprana de sometimiento a la enmienda y a la corrección se halla en las Coplas sobre diversas devociones y misterios de nuestra santa fe católica, de fray Ambrosio Montesino, hacia 1495. La intitulación, impresa en tinta roja, dice así:

Estas Coplas que se siguen todas compuso el venerable señor padre fray Ambrosio Montesino […] Fízolas en diversas artes de trovar según la voluntad de los demandantes, según pareçerá adelante en los títulos de cada obra. En todas ellas se somete a la correçión y sentencia de la sancta madre Iglesia y a la emienda de los que en rimo y prosa son doctos y esperimentados varones.

Sin embargo, la primera referencia escrita a este oficio no aparece hasta 1565, ciento quince años después de la invención de la imprenta. Según Félix Díaz Moreno, de la Universidad Complutense, en su artículo El control de la verdad: los Murcia de la Llana, una familia de correctores de libros, está en un documento mandado imprimir por el arzobispo de Burgos, Fernando de Azeuedo, sobre el cobro de emolumentos:

En Madrid a nueue días del mes de Noviembre de mil y quinientos y sesenta y cinco años, en la consulta que tuuo con su Majestad el señor Licenciado Morillas: Lo de los derechos que han de lleuar el Corrector de los libros, que sea a respeto de lo impresso, y no del original.

El cargo de Corrector Real

Tan importante llegó a ser esta figura que en España se convirtió en un cargo bajo mandato real en la época de Felipe II, quien tuvo una relación ambigua con la cultura. A la vez que funda la biblioteca de San Lorenzo de El Escorial, una de las mayores del mundo, publica el Index librorum prohibitorum u Ordenanzas sobre el hecho y gobierno de los imprimidores, libreros y maestros de escuela en las Provincias Unidas (más información en Propaganda y visualización del poder real en la Monarquía Hispánica: Felipe II (1527-1598)). El rey sabía que los documentos y los libros podían ser sus grandes aliados o sus mayores enemigos, por lo que impuso un estricto control sobre su producción y circulación. El corrector de esta época se convierte, así, también en censor.

Felipe II, retrato de la pintora italiana Sofonisba Anguissola.

El cargo de Corrector Real era único, lo que generaba numerosos retrasos (no en vano tenía que revisar todos los documentos legislativos). Así que los libreros e impresores propusieron al rey que cada ciudad nombrara su propio corrector o que esta labor se encargara a las universidades. La primera en conseguirlo fue la Universidad de Salamanca. Una provisión real de 23 de diciembre de 1580 la autorizaba a nombrar un corrector para juzgar aquellas obras editadas por autores e impresores dependientes de ella.

Hubo correctores famosos en esta época, como Francisco Murcia de la Llana. Licenciado en Medicina, profesor de la Universidad de Alcalá de Henares y traductor, entre otras, de varias obras de Aristóteles, firma el testimonio de erratas de El Quijote para el Consejo Real.


Este libro no tiene cosa digna que no corresponda a su original; en testimonio de lo haber correcto, di esta fee. En el Colegio de la Madre de Dios de los Teólogos de la Universidad de Alcalá de Henares, en primero de diciembre de 1604 años.
El licenciado Francisco Murcia de la Llana


Trabajó como corrector para el Consejo Real durante más de treinta y cinco años, a pesar de tener fama de ser bastante descuidado y pasar por alto demasiados errores. Tenía un sueldo de cuarenta mil maravedíes anuales que se sumaban a los ocho que cobraba como derecho de corrección de cada pliego con su original, tasa que aumentó en 1618 a diecisiete maravedíes. Para que os hagáis una idea, equivale a cuatro mil euros anuales más la tasa por pliego (ochenta céntimos cuando empezó, y 1,7 euros a partir de 1618). En esas fechas y en Castilla, De la Llana era clase media alta.


Se sabe que Miguel de Cervantes Saavedra pagó en 1615 a Hernando de Vallejo, escribano de cámara, una tasa de cuatro maravedíes por cada uno de los sesenta y seis pliegos que componen su obra Comedias y entremeses: un total de 264 maravedíes.


En 1635 obtiene un escaso favor real: le da licencia y facultad para poder conceder, bien en vida o tras su fallecimiento, el título de corrector a uno de sus hijos. Y se lo otorga a su hija María, puesto que su primogénito, Francisco, es jesuita. Ella nunca ejerce realmente el cargo, siendo su hermano Carlos el que ocupa el puesto hasta que Francisco deja la Compañía de Jesús (mucha más información sobre las andanzas de esta familia en El control de la verdad. Los Murcia de la Llana, una familia de correctores de libros, de Félix Díaz Moreno, Universidad Complutense de Madrid).

En aquel entonces, una vez montados los chibaletes, se sacaba una prueba impresa que se entregaba al corrector. Este marcaba los cambios para que el componedor modificara las cajas y tipos correspondientes. Se imprimía una nueva copia que volvía a las manos y a los ojos del corrector. Este señalaba las mentiras, comprobaba los cambios y revisaba las concordancias, folios y signaturas.

Pero no es hasta comienzos del siglo XVII cuando se publica el primer manual técnico para correctores de pruebas, Orthotypographia (Leipzig: Michael Lantzenberger excudebat, 1608), del revisor Hieronymus Horns-chuch (1573-1616). Pretendía eliminar los errores más comunes y ayudar a que el libro fuera más comprensible para que llegara a la mayor cantidad de lectores (El oficio del corrector. De la composición manual a las herramientas digitales, Ana Mosqueda, Universidad de Buenos Aires-Universidad de Alcalá).

Aparece la linotipia

Este papel continuó en los mismos términos hasta finales del siglo XIX. Con la linotipia y, más tarde, con la monotipia, imprimir era cada vez más rápido y preciso. Se reduce el número de correcciones ortográficas, pero se hace necesaria una intervención más específica en los textos. Al cazador de erratas se suma el corrector de estilo, que, además de ser experto en la gramática y la normativa lingüística, trabaja sobre la fluidez del discurso. Pero sigue siendo un oficio en la sombra, sin reconocimiento excepto cuando su labor falta.

Desde entonces hasta hoy, el trabajo del corrector se ha ido adaptando a las nuevas herramientas hasta llegar al mundo online y a la redacción con criterios SEO/SEM. Pero de poco sirve inundar las redes si lo haces con erratas: Google penaliza su aparición en los textos relegándolos a los últimos puestos en su buscador.

En definitiva, la figura del corrector está tan viva como la lengua con la que trabaja, un instrumento que debe conocer al dedillo para tener la cintura suficiente a la hora de enmendar, pulir y hacer brillar el texto.


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